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Heal my fears » Violet {FB}

Heal my fears

E. Violet Elliot
[*]Habitaciones del personal, 26 de abril, 3:00 AM, lluvia

Sonreí. Sonreí por primera vez en mucho tiempo; el recuerdo de mi cuerpo fundido en el mar era tan difuso como extraña era mi voluntad para sonreír de verdad. Pero lo hacía, ambas cosas: acariciaba las olas con las yemas de mis dedos, entrelazaba mi piel con la piel del océano en el que me sumergía cada segundo con más intensidad, esbozaba sonrisas saboreando la naturaleza que me regaló un corazón que no paraba de latir. Me sentía libre. Aunque fuera por un segundo, me sentí libre; pero aquella libertad se esfumó de mis dedos y escapó con tal velocidad que, un segundo después, me olvidé de ella. El mar que abrazaba mi cuerpo no era cristalino como mis manos parecían imaginar; el mar no era de agua — era de sangre. El líquido rojo padecía de una viscosidad curiosa, no quería deshacerse de mí por mucho que intentara separarnos. Tiré y tiré, pero lo único que conseguí fue hundirme todavía más. Al cabo de un rato que mi desesperación eternizó, convencí a la criatura inerte y la desencadené de mí mientras sentí cómo mis brazos, mis pies y el resto de mi cuerpo se erguían. Lo que parecía ser un baño de sangre coagulada pronto recreó un público de bocas escarlatas que no paraban de cuchichear mensajes inaudibles. Resultaba insoportable, no porque momentos antes de unirse eran sangre ni porque, aun dejando de serlo, desprendían el mismo olor oxidado que aquella, sino porque murmuraban tan flojito que no se les entendía. Acerqué mi oído a una de ellas, sin temer que los labios de sangre pudieran morderme; por suerte, no lo hicieron, solo repitieron a la vez que sus hermanas un par de palabras. "Está aquí" reían antes de reproducirlo por segundas, terceras y cuartas veces. "Está aquí. Está aquí. Está aquí." Concentré mi atención en sus gemelas y en el río teñido de rubíes que las rodeaban; todo era tan rojo que el cadáver que enterraban parecía invisible ante mis ojos. Parpadeé, los abrí hasta que doliera y permití que la viscosidad me tragara de nuevo. Quería hundir mis manos, cavar y arañar tan hondo como pudiera porque era la única forma que tenía para alcanzarla. A ella. A Yuna.


No supe con seguridad qué me despertó: la humedad y el ruido que la lluvia explosionaba sobre el suelo de mi habitación, el sudor que vomitaba mi cuerpo o la sangre real que lloraba mi mano. Quizás el recuerdo era demasiado doloroso, quizás mi mente rechazaba el solo pensamiento de verla muerta. Quizás, solo quizás, Yuna...vivía. O moría en el mismo instante en el que yo despertaba. Lo único innegable era que había estado mordiendo mi mano mientras dormía (en el Infierno) — la marca de dientes y el pringue rojizo eran pistas concluyentes. Me retorcí en un intento de sentarme sobre el gélido suelo que solía servirme fiel como un lecho en el que descansar, pero aquella noche, curiosamente, no podía. No por el frío, ni por la plana estructura de este, sino por mí. No eran ellos, era yo y mis pensamientos, tan afilados como la demencia de Yvet... no. No pronunciaré su nombre, no merece siquiera que la piense.
Extinguí las gotas de sudor de mi frente con la mano dolorida, que pudo haber dolido de no ser por el estado de enajenación nocturna en el que me encontraba. Respiré hondo, lo más hondo que permitieron mis pulmones, obligándome a reaccionar. Un sueño, solo un sueño. Una pesadilla, solo una pesadilla...basada en hechos reales. Regurgité una risa nerviosa que duró desde que recuperé fuerzas para levantarme hasta el momento en el que elegí los muebles que me rodearían aquella vez. Escritorio, mesita de noche, cómoda. No eran muchos, no protegían todo cuanto quería —si lo hicieran muy posiblemente me enterrarían vivo como las bocas hacían con Yuna en mi sueño— pero eran suficientes. Me abandoné en la cama que Dunkelheit me había regalado y yo muy agradecidamente había rechazado en más de una ocasión, y arrastré todo cuanto pude para confinarme en un agujero de madera y algodón. Intuí...Supe que medio internado me odiaría por arrancarles el descanso que muy pocos lograrían saborear el mismo día que trajo la sentencia de muerte de Alfred y Víctor, pero dormir en una cama como una persona normal no entraba en mis planes, y más en una noche como aquella. Necesitaba un refugio; las paredes del internado, sin lugar a dudas, no lo eran.
Publicado por Kai K. Argos el Dom Oct 02, 2016 5:24 pm


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